Masculino/Femenino: una cuestión gramatical

Somos seres escindidos. Ése es el gran diagnóstico de nuestra existencia. Sobre la vastedad de nuestro ser se cierne el poderoso e inminente golpe de hacha con que Hefesto partió la cabeza de Zeus […] Ya Platón [explicaba] la etiología, no carente de humor ácido, de nuestra búsqueda amorosa: hombre y mujer habrían sido en algún momento un solo ser, dividido por los dioses por envidiar su gozo pleno. Esa separación pudo comenzar, cierto es, con una leve hendidura […] y terminó siendo tan definitiva como la de un hijo que, tras nacer, no vuelve más a ser uno con su madre. Una brutal y profunda escisión es precisamente el extraviado y confuso estado que sume a la humanidad entre la unicidad y la multiplicidad, entre la integridad y la partición […] entre la potencia y el acto, entre la aventura y la nostalgia, entre el pasado y el futuro, entre la entidad y la esencia, entre el ego y el id, entre el espacio y el tiempo, entre la vida y la muerte, entre el tiempo y la eternidad. En fin, entre el espíritu y la materia.

Con este párrafo tedioso y doloroso para la lectura se abre Eleusis, la novela con la que debuté como narrador de manera oficial.

Por ciertos debates impulsados por recientes combates sociales, quizás debiera hacer un acento sobre la gran dicotomía que ayunta (o divide, ya no sé) lo masculino y lo femenino, el sexo y el género, y todas esas diatribas estériles disfrazadas de activismo a favor de los derechos de igualdad, equidad, paridad y otras diez mil sinonimias disociadas semánticamente a punta de gritos y consignas escritas con brocha y tinta negra sobre pechos desnudos.

Pero no.

Y es que la lengua es una herramienta de la humanidad, y no al revés. Y en un océano de insensatez como el que suelen ser las redes sociales, vislumbro el resplandor modesto pero firme de un LED (diodo emisor de luz, por sus siglas en inglés): una voz autorizada y fastidiada:

Cosas de gramática: les guste o no les guste, en castellano el femenino es excluyente, el masculino es incluyente; es decir, la justificación de sus engorrosas x y sus abigarrados dobles sustantivos es más falsa que el botox.

Para empezar, agradezco el impacto retórico que implica haber descrito la naturaleza antisocial del género gramatical femenino (es excluyente, discriminatorio), y de haber demostrado el eminente carácter democrático del masculino (al menos en número plural), y luego también me siento desahogado por haber lanzado ese dardo de verdad acerca de la tan prostituida x, que, dicho sea de paso, es un signo lingüístico que representa el fonema /ks/ y por lo tanto estropea todo lugar donde, no debiendo ser puesta, se pone: amigxs, hijxs, alumnxs suenan: amigkss, ijkxs, alumnkss.

Y ni qué decir de los dobles sustantivos, en especial cuando la consabida e inevitable economía del lenguaje hace sus diabluras: he escuchado a académicos y a gente de alta jerarquía sociocultural decir bodrios como «los y las maestros», «las y los amigos», «los y las alumnas».

Por supuesto, ante de poder ponerle ahí su «Me gusta» en la publicación, ya había reclamos, aparentemente muy legítimos:

aunque falta un pronombre neutro…. (sic) para nombrar por ejemplo a un embrión en gestación.

Los pronombres ello, eso, lo y le son neutros. Pero supongo que ello no es suficiente.

 

El género neutro

Algunas personas sostienen que conceptos inmateriales, como el alma o «la parte intangible de la experiencia humana», así como muchas cosas, personales e impersonales, existen más allá de lo masculino y lo femenino, y que esta dicotomía de género gramatical existe sólo en cierto nivel de la existencia, pero no en todos.

Por supuesto que no. Todas las cosas tienen su sexo o su género. Sería estúpido creer que los primeros seres que nombraron a las cosas con su género gramatical estaban pensando en que una cosa era el sexo y otra la asignación de género gramatical. Ambas cosas pertenecen al mismo ámbito de la comprensión de la vida.

Curiosidades como lo de das Kind (neutro) en alemán son reminiscencias extrañas que tienen explicaciones más que razonables, pero en general, el neutro es para cosas que no son personales, que no tienen personalidad (por ejemplo en latín y en griego antiguo). El género gramatical neutro nunca podrá ser para un embrión porque, sin importar su fenotipia, el genotipo ya está determinado desde el momento de la fecundación, dado que el aporte cromosómico del espermatozoide es lo que determina el sexo en ambos planos. (Sí, lo determina. Ni modo).

El género neutro es para todo aquello que no es ni uno ni otro (ne uter, que es «ni uno ni otro»), lo cual aplicará para diez mil cosas carentes de personalidad, pero no para los seres humanos. En todo caso se tendría que inventar el género combinado, para no excluir (el neutro es excluyente por definición). No puede ser impersonal un embrión, porque no es «ni uno ni otro», sino «es de uno de los dos géneros, pero no sabemos cuál».

 

Lo eterno femenino

El machismo no inventó a la humanidad. Al explorar la lingüística histórica nota uno curiosidades grandiosas que se repiten en casi todas las culturas y civilizaciones: el alma es femenina, la vida también lo es en casi todas las lenguas. Las cosas más fundamentales para la vida, la subsistencia y el entendimiento de la experiencia vital son femeninas en la experiencia lingüística de casi todas las culturas de la humanidad desde la prehistoria, a juzgar por lo que se puede ver desde hoy: la vida, la tierra, la cosa, la ciencia, y casi todo lo abstracto que se puede nombrar, como las -ncia (agencia, inteligencia), las -ez (sensatez, honradez), la -ad (verdad, amistad, seguridad), la -ía (sabiduría, valía).

Más curioso aún es cómo todo parece indicar que la humanidad nació más bien hembrista y matriarcal que macha. Las primeras sociedades, matriarcales. Las primeras religiones, a la diosa. Las primeras conductas sexuales colectivas (sociales o rituales) le daban privilegios a la mujer y no a los hombres.

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¿Por qué esa necedad de eliminar los géneros?

Los seres humanos somos seres escindidos. Partidos. Entendemos la vida en pares dicotómicos. Ni siquiera el signo del tao es un licuado de ying y yang: las dos cosas están una en otro y otra en uno, pero de modo muy definido, algo ejemplificado y representado por sus nombres. Aunque el cosmos es una sola cosa (por eso lo llamamos universo), lo entendemos a partir de parejas, de opuestos.

Desde su etimología, la androginia necesariamente reconoce la disparidad, la separación, la asignación de roles de género por la naturaleza: ¿De veras vamos a atribuirle a la naturaleza una personalidad perversa, impositiva y opresora cuando decidió que a la mujer le toque llevar la gestación del nuevo espécimen, y su grasa se le vaya a las bubis y a las caderas, mientras que al hombre le toca la función de inyector fertilizante?

En serio. No sé si se dan cuenta de lo peligrosamente cerca que se colocan del concepto de un dios antropomorfo para desarrollar su ontología y su deontología, y no hablo de Zeus.


Pero ya estamos llegando muy lejos. El punto era cuán apropiado era usar el género gramatical neutro, y no se puede andar cambiando la gramática según el capricho de una generación por muy tremendo que desee que sea el impacto de su activismo.

Serán las generaciones venideras las que determinarán mediante el uso corriente y libre la que decidirá el rumbo de la lengua, y no los manuales de uso del lenguaje ni las multas administrativas, que son formas coercitivas, como de las que luego decimos que nos queremos librar.

 

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Me odias porque me respetas

Hace unos días, en una llamada telefónica, un amigo me decía que cada vez que llega alguien a hablarle mal de mí, él les hacía ver mis cualidades y mis virtudes para que no me odien tanto…

¿Cómo?

¿O sea que me odian?

¿Más de uno?

¿Y qué hay de los que no se quejan con mi amigo? ¿Hay más?

¿Por qué me odian?

Ya he escrito antes (aquí y aquí) que me he devanado los sesos tratando de elucidar si es porque les molesta mi persona o si he cometido algo contra ellos.

 

El odio en las redes

También aquí he explorado el asunto de las redes sociales. Con su llegada, la comunicación ha alcanzado un grado inusitado de inmediatez. Nos exponemos a contenidos, noticias, fotografías, textos… Y tenemos la posibilidad de hacer pública nuestra reacción en ese mismo instante. No hay tiempo para «masticar», para calmarnos, para dejar que seque la tinta imprimida con violencia en nuestro frágil papel.

El resultado: casi todas las reacciones son de odio.

Y eso ha reforzado las relaciones (o dis-relaciones) interpersonales en todos los ambientes, aún en el trato directo, sin smartphones de por medio. La gente es más propensa a la ira, se irrita con mayor facilidad. Eso no es tan grave si se aliviara el sentimiento que se nutre con esa ética de lo inmediato, donde las emociones nunca son digeridas: surge y crece el odio.

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El escritor y pensador danés Søren Kierkegaard (1813 – 1855) escribió un diario intenso, muy reflexivo y lleno de melancolía, pensamientos sobre la felicidad, la escritura, la literatura y la opinión pública.

En una de sus entradas de 1847 ―cuanto tenía 34 años de edad―, Kierkegaard describe esa perversa patología de la humanidad que lo inclina hacia el maltrato, el bulliyng el trolling y todas esas conductas que presentan aquellos a quienes llamamos haters:

Hay un tipo de envidia cuyos ejemplos he visto con frecuencia, en los que un individuo intenta obtener algo mediante la intimidación y la agresión. Por ejemplo, si yo entro en un lugar en el que están reunidas muchas personas, es muy común que uno de ellos levante sus brazos y me señale burlándose de mí, seguro de que es el portador de la opinión pública. Pero lo más sorprendente es que si yo lo trato a él del mismo modo, él se convierte en alguien maleable, amable y servicial. En esencia, esto demuestra que siempre me vio como algo grandioso, posiblemente más de lo que realmente soy, y sólo se permite dos opciones ante mi grandeza: participar de ella o burlarse de mí. Pero tan pronto participa de mi grandeza, comienza también a fanfarronear de ella, como si fuera la suya propia.

Así ocurre en una comunidad insignificante.

Siete años más tarde, a pocas semanas de morir, vuelve al tema del sentimiento que yace en el cimiento de la psicología del odio (de los haters).

Aparentar que no les importo ―o empeñarse en que yo sepa que no les importo― demuestra dependencia… Al mostrar que no me respetan lo que precisamente hacen es  mostrarme su respeto.

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Algunas personas son sensatas. Se me acercan y me dicen lo que ven mal en mí. El odio se va casi de inmediato. Otras, prefieren admirarme en negativo: están al tanto de todo lo que hago y dejo de hacer, buscando la justificación de su odio. ¿No es concederme demasiada importancia? ¿Demasiada grandeza?

Estúpido y sensual optimismo

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Hoy fue el primer día de mi nueva vida optimista. Terminé aquel libro de autoayuda que me rompió los paradigmas… O mejor, me quedé cautivado por la personalidad de aquel guapo, próspero y divertido instructor que dio esa charla motivacional increíble y que me hizo decidirme a renovar mi vida.

Con la motivación a tope, me desperté dos minutos antes de que suene la alarma del teléfono con la canción que nos compartió el motivador:me levanté temprano:

Descorrí las cortinas de un jalón para que el sol bañara mi rostro, saludé a la naturaleza y di gracias a la vida por dejarme participar de ella un día más.

Preparé el mejor de los desayunos para todos los que viven conmigo, o sea, aquellos con quienes comparto mi vida, y que la comparten conmigo. Sonriendo, esperé a ver la reacción que todos tendrían al ver mi nuevo rostro iluminado por el optimismo y el amoroso servicio con el que los obsequio y que hoy lleva el valor agregado de mi alegría desbordante.

Reality-Check

Pero por alguna razón, nadie parece haber notado algo diferente. Esa iluminación que hace brillar mi interior no parece haber sido advertida por aquellos de quienes esperaba una respuesta más favorable.

Pero yo no dejé que mi optimismo mermara por un inicio poco espectacular y me convencí de no dejar de sonreír por un incidente tan insignificante. Salí con mi mejor atuendo, complementado por mi nueva visión entusiasta y mi decisión de contagiar ese optimismo en cada oportunidad y con cada persona que me topara.

 

Me subo al microbús y, con esa sonrisa hago algo más que sólo informarle mi bajada y pagarle mi pasaje: le doy los buenos días. Apenas lo dejo a mi espalda, escucho su susurro:

―Pinche loco.

Llego a la oficina y, feliz como estoy, causo que todos se me queden viendo como pintado de payaso. A las 11 llega el jefe y cuando lo saludo radiante, me grita para que todos oigan:

―Quite esa sonrisa idiota, Godínez, que no le pago por ser feliz.

Mi sueldo peligra, así que quito la

¿Qué rayos pasa?

Me he dado cuenta de que el problema no es mi nueva forma optimista de ver y vivir la vida. Es mucho más sencillo: hay al menos tres cosas que la mayoría de los libros de autoayuda y los instructores no aclaran.

No puedes estar sonriendo toda la vida

El optimismo no es reírme de las cosas que ocurren, sino sacar una experiencia provechosa de todo lo que vivo. Es idiota creer que se puede estar sonriendo todo el tiempo.

El optimismo no resuelve los problemas

Los problemas y las dificultades las resuelve uno mismo o no las resuelve.

La falsedad del optimismo

El optimismo es una falsa alegría que nos da la sensación de que hemos sido felices sin haberlo sido. Qué charlatanería, carajo. A algunos les funciona recordar que fueron felices creyendo que eran felices. Y con ese recuerdo se ilusionan con recuperar su felicidad (aunque haya sido falsa).

Además, aunque a la mayoría nos gusta ver sonreír a los demás, resulta muy molesto ver a alguien fingir una sonrisa.

Esa moda de esconder las emociones negativas está generando una ansiedad y neurosis más perniciosas que las causadas por el maltrato físico, porque son silenciosas.

El instructor entusiasta que viste de blanco y sonríe todo el tiempo, también es un ser humano: si llega a casa y recibe la noticia de que su hijo está enfermo, no brinca de alegría. Aquel escritor del libro de optimismo también tuvo sesiones largas y cansadas con sus editores, y no todo fue alegría y sonrisas. Al menos eso es lo que me quiero imaginar para concederles el crédito de la felicidad que dicen vivir.

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‘Romeo y Julieta’: una cruel moraleja

Con oír esos nombres juntos se nos iluminan los ojos y nuestra alma se enternece con el amor inocente y desbordante de dos adolescentes que desafiaron al mundo para estar juntos. «La más romántica y la más intensa», dicen muchos.

Intensa, sí.

Romántica, tal vez, sólo si tomamos la palabra romántico en el sentido de infatuación o limerencia.

Pero toda persona que esté en su sano juicio —¿cuál enamorado lo está?— sabe que ningún sentimiento desbordante es de verdad inocuo. El enamoramiento siempre acaba por ser peligroso.

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Al hablar de Romeo y Julieta (así, sin cursivas, pues hablo de los personajes, no del título de la obra) todos les rendimos homenaje a como si su muerte hubiera sido el resultado de un mutuo sacrificio abnegado en favor del ser amado, cuando en realidad ambos suicidios no son otra cosa que rabietas —pueriles, más que juveniles— por saberse cada uno imposibilitado de darse el gusto de estar al lado de su objeto del deseo.

 

Una historia muy vieja

Vayamos a la mitología griega: dos adolescentes, Píramo y Tisbe, se conocen mediante una grieta en la pared que divide sus casas. Así pudieron hablarse, enamorarse y desearse cada vez más intensamente.

Y es que así es el asunto en realidad. Uno se enamora primero en un plano inmaterial y luego, sólo luego le da a uno esa «hambre de carnita».

Una noche los enamorados decide que a la noche siguiente, cuando todo esté en silencio, huirán sin ser vistos y se encontrarían junto al monumento de Nino, al amparo de un moral de moras blancas que hay ahí, junto a una fuente. Tisbe llega primero y se pone a esperar a Píramo. En eso se acerca a ella una leona a beber en la fuente. Viene de haber comido, y trae el hocico embarrado de la sangre de su presa. Tisbe corre asustada y se oculta en el hueco de una roca, pero deja caer su velo en el lugar del encuentro acordado. La leona juguetea con el velo manchándolo de sangre.

Cuando llega Píramo, Tisbe aún está oculta. Él descubre las huellas y el velo y, creyendo que la leona mató a su amada, saca su puñal y se lo clava en el pecho. Pasado un rato, Tisbe sale de su escondite y al llegar al lugar ve a su amado con el puñal en el pecho y todo cubierto de sangre. Lo abraza, desentierra el puñal del pecho de su novio y se lo clava ella misma.

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Ese relato data de unos 1,200 años antes de que William Shakespeare tomara, para una de sus obras, un cuentito popular que se usaba en Europa para disuadir a los adolescentes de andar buscando novios. La gente narraba el infortunado amorío de los adolescentes y terminaba son esa contundente advertencia:

Deja de andar de novia o ambos terminarán como Romeo y Julieta

«¡Qué exagerados!», dirán los posmos. Que dos jovenzuelos terminen muertos por no poderse aguantar las ganas de entregarse al amor puede parecer un castigo desorbitado.

Pero a nivel simbólico, es una idea bastante bien fundamentada.

Las decisiones que toman Romeo y Julieta no son el resultado de una calmada y sobria meditación. Ni siquiera piensan en un futuro. No: ellos sólo piensan en la satisfacción inmediata de sus urgentes deseos emocionales y carnales, que son emociones muy nuevas en sus vidas corporales y psicológicas, dado que son adolescentes, y que por lo tanto, tienen que aprender a manejar.

Así, se enamoran de se belleza física por impulso, se casan por impulso. Romeo asesina a Teobaldo, primo de Julieta por impulso. Julieta finge su propia muerte por impulso. Romeo se suicida por impulso y Julieta sigue este mismo patrón. Incluso el fraile Lorenzo, cuya intención final era reconciliar a las familias Capuleto y Montesco mediante el retoño que naciera del amor de esos hijos enamorados, tiene que lidiar con la culpa de haber validado con el matrimonio un amor que estaba prohibido por una ley superior: la de obedecer, la que dicta que no se puede adelantar la madurez y toda precocidad puede derivar en daño.

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Más allá de lo moral: la premisa

Cierto: la historia de Romeo y Julieta nos fascine porque nos recuerda nuestros años de adolescentes, en los que no medíamos las repercusiones de nuestros actos, la mayoría de los cuales estaban destinados únicamente a satisfacer nuestros deseos y caprichos. Todos adoraríamos ser los protagonistas de un amor tan intenso que te mata. Es una historia extrema que cumple muchas fantasías adolescentes: los veroneses desafían los límites impuestos por sus padres y, en complicidad con un fraile —que, dicho sea de paso, también le da la espalda a su Dios convirtiéndose en hechicero—, se brincan los procesos y evaden la responsabilidad de desarrollar paciencia, de afirmar el carácter, de ser pacientes y perseverantes, de tener interés por los demás, empatía y sacrificio, que es más o menos el desarrollo de la idea del amor en su expresión más plena.

Un caso muy distinto es el de la novela Si decido quedarme, en el que el ímpetu adolescente cumple todas sus fantasías en favor de la protagonista.

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Lo indio no quita lo racista

Mi entrada de hoy fue detonada con esta publicación. Un amigo en facebook discutió con la que lo escribió y, al no encontrar la disculpa que buscaba por los insultos a los indios, decidió exhibirla y eliminarla.

De aquí salió lo que escribo abajo.

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Yo estoy seguro de que hay sangre india en mis venas, aunque no sé qué rasgos de ese carácter llevo conmigo. Lo cierto es que el indio tenía una forma de ver la vida muy distinta que los colonizadores y los conquistadores, y no es raro que después de casi quinientos años aún sean incompatibles las personalidades europea-occidental y la autóctona de América.

Por causa de que la cultura que dominó es la europea, la dominada siempre es vista con desprecio. En nuestra sociedad resultante de ese choque, aun cuando propició la proliferación del mestizaje, es históricamente imposible que se le dé al indio (la cultura dominada, masacrada, casi exterminada) un carácter genuino de igualdad ante la del vencedor.

El mismo Benito Juárez, indio de la serranía oaxaqueña, vio en las comunidades indígenas un foco de amenaza contra el régimen gubernamental del México independiente. Ese foco de reacción contra el yugo oficialista no se ha apagado en Oaxaca, sino que se ha dispersado a Guerrero, Chiapas…

Por eso siempre se le tiene que tratar como minoría (aunque sea la mayoría). Por eso todos de palabra se enorgullecen de tener pasado prehispánico, pero a la hora de los arrumacos quieren a un güerito para mejorar la raza. Por eso al indio se le trata desde el gobierno como desprovisto de voz, como aislado, como menor de edad, como impedido: es el chiquito, el pobrecito, hay que protegerlo porque él no sabe protegerse, hay que hacer una ley que diga que ser indio es «bien bonito», y llenarse de discursos.

Esa actitud también es racista. Los pobrecitos indios son especiales, son diferentes, hay que considerarlos en su diferencia, hay que compadecerlos en su mentalidad cerrada, en su fealdad fisonómica, en su incapacidad lingüística, y en su reticencia a integrarse a la sociedad que resultó de un encontronazo que exterminó su pasado, sus ancestros, su cosmovisión, su lengua y su misión en el mundo.

Pero es que ah, cómo son molestos esos indios. Ni parece que sean los descendientes de los mismos Moctezuma, Cuitláhuac, Topiltzin y Nezahualcóyotl: esos eran enormes, gallardos, olían a perfume de Carolina Herrera, tenían ojos verdes, cabello rubio y eran científicos, médicos, astrónomos y poetas, además de gobernantes, urbanistas, arquitectos, ingenieros y geómetras. Bien pudieran haberle dado clases a Newton, enseñar en Cambridge, pertenecer a la Royal Society of Science y escribir un poema más grandioso que la Ilíada.

Puro cuento chino. Pura autosugestión. Puro consuelo para evadir la horrenda visión de la realidad: nadie que presume de indigenista habría sido feliz, desde esta vida occidental moderna, viviendo una vida indígena lejos de todo lo que sabe, habiéndolo sabido. Porque nuestra cultura no es india. Es europea. Y los criollos se paran el cuello para despreciar al mestizo, y el mestizo insulta al que habla en lengua indígena y se viste fuera de la moda (occidental, hello!, europea, hello!), y así todos se asignan y aceptan su lugar en este mundo global. Mientras haya alguien a quien aplastar, todo está bien.

Así es, aunque nos duela. No me gusta, pero tampoco es un asunto que se arreglará con una “buena educación” o un sentimiento de filantropía (que por definición sigue siendo paternalista y desde la superioridad).

Y sí: la gente mazahua y otros indios que te topas en la calle se niegan a cambiarte los billetes. Pero también lo hacen los tenderos, los microbuseros, los que atienden negocios, los taxistas, los vendedores de periódicos. Todos se niegan a cambiar un billete, incluso te impiden la compra si ella los obligará a cambiarte uno.

¿Será el indio (dicho con todo desprecio) que todos llevamos dentro?

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Lejos de casa

No soy de muchos viajes. En una época, como ésta, en la que casi todo el mundo vive para viajar (un tipo que solía ser mi hermano ha recorrido Europa entera más de cinco veces, y es de los que viajan poco), yo tendría que confesarme un auténtico ermitaño.

Los dos viajes que me han llevado más lejos han sido por motivos de solidaridad. Proselitistas. El lugar más alejado geográficamente en el que he puesto mis pies es la playa de Puerto Peñasco, una casi desapercibida población a la que se llega desde el emplazamiento fronterizo de Sonoyta, vecina de Lukeville, Arizona, en la parte más al Norte de Sonora (San Luis Río Colorado en realidad es bajacaliforniano), y donde no hay nada. Nada de nada.

Bueno. En realidad eso de “nada” tiene un matiz. De Sonoyta me traje en el baúl de mis recuerdos una acusación de haberle bajado los chones a una niña de cuatro años, el buen trato de un par de familias, que nunca olvidaré y los gritos de un bigotón amanerado venido a ministro eclesiástico local que no resistió una cordial retroalimentación sobre el trabajo que hacíamos para ayudarle.

Ah, y en Sonoyta fue la primera vez que escuché la palabra pipope. ¡Reí hasta que mi compañero me regañó! Teníamos compañeros poblanos.

Pero volvamos a Rocky Point (pues las playas son prácticamente territorio estadounidense). La belleza del lugar es muy simple. No se requiere ninguna grandilocuencia como la que se impone al ver las aguas que rodean Isla Mujeres o que bañan Chetumal. No. Aquí la cosa es muy sencilla: el desierto se une al mar. Uno está caminando sobre la arena mojada por el Mar de Cortés y desde ahí arrojar una piedra hacia esos enormes y hermosos cactáceos que se llaman sahuaros.

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Así lucía el horizonte en Puerto Peñasco cuando lo conocí.

Éramos convidados a la casa de un anciano matrimonio gringo que nos obsequiaban con docenas de hamburguesas y latas de soda, nos dejaban caminar en la playa y nos enseñaban a tejer en bastidor, junto a la madre de la señora Monk (sí, más anciana aún, y ya ciega por la edad). Me traje una bufanda cerrada, dos pares de calcetines-pantufla y unas ganas locas de volver a Puerto Peñasco a vivir los momentos más eróticos jamás soñados.

Pero la aduana de Sonoyta bañó de mierda el sueño rocaporteño… y se me fue olvidando que quería ir allá de nuevo.

La otra vez que fui lejos, no llegué tan lejos.

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Me enamoré del desierto.